18 de agosto de 2008


Si lo hicieras más fácil,
si me dejás que te explique que nos encoge el mismo miedo,
tal vez nunca nos entenderíamos, por parecidos,
y eso, esa certeza de lo indefinido,
es un todo que prefiero y detesto,
mientras te observo,
e intento develarte con una mirada lacerante,
filosa como el canto de la hoja en la que te escribo.

10 de agosto de 2008

Arroba-Espacio-Orden


Se programa cuando cae,
cuando el desorden lo aplasta;
cuando traga sabores sin siquiera diferenciarlos;
cuando lleva la mano menos diestra ante sus labios,
y miente,
o escribe con la otra su historia de ruidos inconclusos,
sinfonía del orden;
cuando recorre el cuarto, cuadrado;
cuando encoje sus dedos dentro de las zapatillas;
cuando patea su lengua contra los dientes,
y siente,
que ya se ha desprogramado.

5 de junio de 2008

Como un pez


Se desplomó,
de fauces,
con el anzuelo ansioso del tiempo en el labio superior...
enterrado.

Se desmoronó,
de espina,
con sus alas fuera del agua,
hacia el cielo,
palmas arriba.

Se desbordó,
de costado,
con sus encías sobre arena mojada,
exigiendo a las branquias...
consuelo.

Se desvistió,
de escamas,
con su piel rasguñada por las cicatrices del viento.

14 de noviembre de 2007


Dos golondrinas de cemento se desploman en el aire,
y el viento esparce sus plumas sobre el verde del parque.

Dos tortugas de arena se entregan a la espuma en una alcantarilla,
y las olas depositan sus minúsculos granos en una orilla desierta.

Dos elefantes de hierro se arrojan a la rumbre,
y el tiempo construye un puente en otra galaxia con sus lenguas.

Dos hombres y dos mujeres de sal se besan,
y el cielo gira.

17 de octubre de 2007

Inés


Él está sentado sobre las baldosas blancas de la cocina, con la espalda reposada en un mueble marrón que descansa debajo de la pileta de lavar los platos. Ella está en el living, sentada, con sus labios apoyados en una bombilla de plata. Entre ellos, una cortina de finísimos filamentos de seda blanca y el espacio, tan infinito, que los une y que, al mismo tiempo, los separa.
El siente taquicardia, el pulso acelerado, los ojos con cataratas. Mantiene la vista fija en su cuerpo de lana, en su andar sereno, en su rodete rubio como cabello de angel y en sus dedos de pianista, sutiles, delicados, esbeltos. Ella, mientras tanto, vive. Merodea entre la mesa, la silla de madera blanca con almohadón turquesa y una hornalla. Transforma servilletas de papel en plumas y sirve tragos de agua hervida que guarda en una pequeña pava de plata.
La única música es la de las pestañas; la del responso de los suspiros; la del viento que asoma chismoso por la rendija de la ventana.
El se llena con su aroma, que está escondido detrás de cada objeto que vislumbraba. Sus pequeños dotes de bailarina trasforman a las paredes y al piso caoba encerado en los espectadores del más álgido de los besos y del más ferovoroso de los abrazos.
Así pasan la tarde, callados, tropezando.